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POR IRMA MARIANA GUTIÉRREZ MORALES *
El código enigma (The Imitation Game, EU, 2014), se basa en la obra biográfica deAlan Turing The Enigma, escrita por el matemático Andrew Hodges. Clasificada como biopic, largometraje bélico y thriller, muestra cómo la guerra y la homosexualidad fueron determinantes en los afanes y en el destino del científico británico.
Se desarrolla en tres periodos: el presente (1950), con Alan Turing siendo investigado por la policía británica debido a su homosexualidad (recuérdese que en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX esta preferencia era considerada un delito); el pasado (década de 1920), con el recuerdo de Alan Turing siendo adolescente, mientras experimenta la transición de la amistad al enamora-miento con su compañero de internado y protector, Christopher Morcom.

Posteriormente (1939) en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, con las peripecias de Turing y un equipo de expertos del servicio secreto inglés, decididos a descifrar el código de las máquinas “Enigma”, empleadas por el ejército nazi para sus comunicaciones.
El mayor peso de la historia transcurre precisamente en lo ocurrido en 1939, cuando la corona inglesa reclutó a un conjunto de matemáticos, académicos, criptógrafos, lingüistas y campeones de ajedrez para desarrollar una guerra alterna a la que se sostenía con armas en los frentes militares: una guerra matemática.
La misión de este equipo era desentrañar los misterios de “Enigma”, una máquina que encriptaba los operativos de guerra alemanes y cuyos códigos se consideraba imposible de descifrar.
En este contexto emerge un nervioso y poco sociable Turing (Benedict Cumber-batch), quien, a diferencia del resto de sus compañeros, creía firmemente que sólo una máquina podía derrotar a otra máquina.
Sin dudarlo un segundo, Turing se empeña en construir a “Christopher”, el aparato que combatiría a “Enigma”, no sin antes afrontar sospechas de espionaje, desencuentros con los demás integrantes del equipo, la desconfianza inquisidora del comandante Denniston, al mando de la operación, y un compromiso de matrimonio negociado con Joan Clarke (Keira Knightley). Todo ello con el costo social de ser “diferente” como sustrato.
Si bien se ha documentado una serie de imprecisiones históricas en la película, es posible conceder que se realizan en pro del drama fílmico, del cual surge una atmósfera deleitable de suspenso y empatía con el protagonista. Por ejemplo, en lugar de un alegre, abierto y sociable Alan Turing, como lo fue en realidad, tenemos a un genio inquieto, solitario, sin sentido del humor y, en ocasiones, hasta petulante.
No obstante, a pesar de la poca fidelidad en el retrato del matemático y en algunas anécdotas presentes en el filme, la impecable construcción del guion permite que el espectador enlace los distintos personajes, acciones y escenarios de manera natural y efectiva. Nada se percibe superfluo ni fuera de lugar.
El código enigma sí hace justicia a la verdad simbólica, pues expone y remarca la trascendencia de quien hoy es considerado el padre de las ciencias de la computación y de la inteligencia artificial.
Para los entendidos en temas matemáticos y tecnológicos, no sólo resulta interesante remontarse al proceso que dio origen a los ancestros de nuestras actuales computadoras, sino entender que la revolución digital que hoy vivimos es producto de la concatenación de condiciones económicas, políticas y sociales específicas y, tristemente, también es producto de la más dolorosa conflagración bélica que haya conocido la humanidad.
Quizás aún más importante sea la crítica social que nos presenta El código enigma, desde el punto de vista de los derechos ganados por los movimientos de la diversidad sexual. Resulta ofensivo el pago con el que el gobierno inglés reconoció el trabajo de Turing: la castración química luego de ser condenado por indecencia grave a causa de sus preferencias sexuales.
Eran otros tiempos, sí, pero someter al oprobio a quien fuera artífice de la victoria de los aliados en la Guerra Mundial obliga necesariamente a una profunda reflexión sobre las injusticias y las vilezas sociales.

La máquina “Bombe” de Turing (“Christopher”, en la película) había logrado acortar la guerra en dos años y evitó la muerte de más de 14 millones de personas, pero sin reconocimiento alguno y luego de un año de recibir el tratamiento hormonal al que lo había condenado el gobierno inglés por su homosexualidad, Alan Turing decidió quitarse la vida.
Entre 2014 y 2015 El código enigma recibió 38 nominaciones y diferentes premios en festivales cinematográficos, incluido un Oscar para Graham Moore, por Mejor Guion Adaptado. Impecables la dirección del noruego Morten Tyldum, la banda sonora de Alexandre Desplat, así como el trabajo actoral de Benedict Cumberbatch, en el rol principal, y Keira Knightley, como actriz de reparto.
* Irma Mariana Gutiérrez Morales es Doctora en Ciencias Políticas y Sociales. Profesora de las licenciaturas en Pedagogía y Comunicación en la FES Acatlán.
Esta colaboración se publicó de manera impresa en marzo de 2020, edición 188 del boletín informativo CineAdictos, de la Coordinación de Difusión Cultural de la FES Acatlán.

POR CARMEN CANO GORDÓN *
Judy (Reino Unido, 2019), el más reciente filme del director Rupert Goold, se centra en la vida de Judy Garland durante el invierno de 1968, época en que, por necesidades económicas, la estrella de cine y televisión tuvo que trasladarse a Londres para dar una serie de exitosos conciertos, pero fue ésta la etapa más dura de su vida: arruinada, sin poder ver a sus hijos y con un severo problema de adicciones.
Tan sólo seis meses después de esa serie de conciertos con entradas agotadas, el 22 de junio de 1969, Judy muere accidentalmente por una sobredosis; tenía solamente 47 años de edad, aquella exitosa mujer que nunca dejó de ser Dorothy en El mago de Oz (The Wizard of Oz, Victor Fleming, 1939).
Ahora, quizá un poco tarde, Hollywood decide rendirle un merecido tributo con este filme, con una Judy interpretada por la magnífica Reneé Zellwegeer, quien, después de ausencias, operaciones y demás vicisitudes, decide regresar al cine para dar vida a Judy Garland y cosechar nuevos triunfos como los de El diario de Bridget Jones (Bridget Jones’s Diary, Sharon Maguire, 2001) y Chicago (Rob Marshall, 2002).
Al cierre de esta edición Reneé Zellwegeer ha sido nominada en los principales festivales de cine, incluyendo el Oscar. Ha ganado ya en la categoría de Mejor Actriz en: British Independent Film Awards, Sindicato de Actores, Critics Choice Awards y Globos de Oro, por lo que debemos reconocer que, al menos para nosotros, es la mejor actriz de la temporada.
Habría que anotar algunos defectos de la película, pero todos quedan minimizados por la soberbia recreación del personaje que logra Reneé Zellwegeer: en numerosos momentos nos encontramos frente a frente con una atormentada mujer famosa que desde pequeña enfrentó presiones profesionales.
Para quienes tengan pocas referencias sobre quién fue Judy Garland, baste señalar que se trata de una icónica actriz cinematográfica del Hollywood de los 40, 50 y 60 del siglo pasado. Su vida fue azarosa y triste, manipulada por todos, empezando por su madre, Ethel Milne una mujer manipuladora; ambicionaba fama y riqueza a costa de lo que fuera, principalmente de su hija, Judy, quien a pesar de no contar con un físico agraciado poseía una sublime e inigualable voz.

Ethel, en contubernio con Louis B. Mayer, el productor ambicioso e insaciable, se dedicó a hacer de Judy alguien sin voluntad, llena de complejos, dispuesta a obedecer en todo: no comía para no alterar la delgadez que querían para ella; le daban a tomar barbitúricos y anfetaminas, la hacían trabajar hasta ocho horas sin parar.
La madre de Judy Garland “estaba encima” de la joven las 24 horas del día, vigilando lo que comía, su peso, dándole más pastillas de las indicadas por un médico, – a quien le compraba las recetas-, preguntándole repetidamente sobre sus parlamentos, la letra de las canciones, los pasos de baile. Con todo esto la estrella juvenil no podía dormir cuando tenía que hacerlo ni despertar cuando era necesario. Prácticamente era un zombie.
En 1939 se filma El Mago de Oz, gran éxito de público y de crítica que hizo a Garland ganadora del Oscar especial a la Mejor Actriz Juvenil, dando con ello un cambio radical en su vida. La llevó a los cuernos de la luna, pero siempre bajo la supervisión de Ethel y de Mayer.
A partir de entonces se formó una triada indisoluble: Judy Garland la actriz de El Mago de Oz que canta Over the Rainbow. El éxito de este filme la llevó a actuar un total de 18 películas para 1944, todas ellas acompañadas de miles de pastillas procuradas con recetas falsas, controles apócrifos y médicos comprados.
Es necesario mencionar que, para bien, en su carrera cinematográfica fue muy importante el inefable y extraño Mickey Rooney, pareja en muchas de sus películas y amigo entrañable en su vida.
Por todos los abusos a que fue obligada, Judy Garland se volvió anoréxica, insegura, incumplida… Como dice la escritora Guadalupe Loaeza en su columna del periódico Reforma del 16 de enero de 2020: “Para colmo empezó a llegar muy muy tarde a los rodajes, ensayos y clase de canto y baile. Todo el mundo se quejaba…”
Se casó cinco veces, la primera con Vincent Minnelli, padre de la también estrella de Hollywood Liza Minnelli, quien heredó el talento de su madre. Vincent fue un absoluto fiasco, por su comportamiento la orilló a entregarse aún más a las drogas y al alcohol, obligándola a entrar y salir a clínicas de desintoxicación. Sufrió un aborto y tuvo tres hijos que eran su vida entera.
A pesar de todos sus problemas, el público la seguía y veneraba. Ganaba fortunas, pero de la misma forma las despilfarraba y sus maridos la explotaban. Es muy recomendable ver con detenimiento la ambientación de este filme y darse el gusto con este banquete de un icónico personaje del Hollywood, que será siempre el emblema del género musical de la Meca del Cine. Conocer más detalles de la vida de esta icónica y emblemática actriz que no dejó de ser Dorothy, a quien dio vida de forma magistral en El mago de Oz.
* Carmen Cano Gordón, maestra cofundadora de CineAdictos.
Esta colaboración se publicó de manera impresa en febrero de 2020, edición 187 del boletín informativo CineAdictos, de la Coordinación de Difusión Cultural de la FES Acatlán.

POR CARMEN CANO GORDON
Resulta una agradable sorpresa en la cartelera la más reciente película de Juan José Campanella, El cuento de las comadrejas (2019), coproducción entre Argentina y España. Está clasificada como cine de arte, sí lo es, pero en cuanto a su género resulta difícil de clasificar o, más bien, parece inclasificable.
¿Es una comedia de humor negro?, ¿un thriller?, ¿un drama?, ¿una comedia romántica?, ¿de suspenso?, ¿una tragicomedia? Difícil encasillarla porque al final es todo eso y mucho más.
Con objeto de ayudarnos a entender lo que sucede en este filme resulta indispensable recurrir a la definición de Comadreja en el Diccionario de la Lengua Española, que refiere a: un mamífero carnicero nocturno de color pardo, muy perjudicial para las aves.
Seguramente así entenderemos mejor lo que sucede en la vieja y codiciada casona donde se desarrolla la historia de esta película, en la que continuamente uno de los personajes, Norberto, no deja de tirar a matar a las comadrejas, que intentan habitar el lugar donde se desarrolla la historia. Existe una analogía entre los cuatro habitantes y las comadrejas (animales y sus similares humanas). De no ser por Norberto las comadrejas seguramente tomarían el control.
El cuento de las comadrejas es un retrato social visto desde la perspectiva de una veterana actriz proveniente de la época dorada del cine argentino, un histrión en el ocaso de su vida, un guionista cinematográfico frustrado y un viejo director; todos ellos solían trabajar juntos y conviven bajo el mismo techo. Los interpretan Graciela Borges, Luis Brandoni, Marcos Mundstock y Óscar Martínez.
Atestiguamos un duelo actoral entre cuatro grandes histriones y una pareja de jóvenes actores: Clara Lago y Nicolás Fancella en los personajes de Bárbara y Francisco completan el elenco. Todos ellos muy bien dirigidos por el argentino Juan José Campanella, a quien recordamos especialmente por la aclamada El hijo de la novia (2001).
Campanella concibe El cuento de las comadrejas como un homenaje a su maestro José Martínez Suárez, autor de la cinta de culto Los muchachos de antes no usaban arsénico (1976), comedia negra que funcionó como sátira en los tiempos de la violenta dictadura argentina. Un tributo que Campanella hace a Suárez y lo pone de manifiesto en diversas entrevistas.
Los personajes mayores son cínicos, tramposos, perversos, adorables y están dispuestos a hacer lo imposible por conservar el mundo que han creado en su vieja mansión. La aparición de los dos jóvenes, que pretenden arrebatarles todo por lo que han luchado, hace que las cosas den un giro.

Los cuatro adultos, todos mayores de 70 años, son: Pedro (Luis Brandoni), actor mediano, ya retirado, confinado a una silla de ruedas debido a un accidente; Mara Ordaz (Graciela Borges), su esposa, la diva, quien fue una actriz conocida mundialmente, pero alejada de los reflectores, lo que la acongoja y entristece, aunque con ropa, peinados y adornos de su época de mayor brillo, procura parecerse a la persona que fue en tiempos de mayor gloria.
Norberto (interpretado de manera genial por Óscar Martínez), director de cine, también retirado, es el encargado de matar y ahuyentar toda clase de comadrejas, que se presentan con demasiada frecuencia por los alrededores; es el más sensato de los cuatro y, por último, Martín (Marcos Mundstock), quien fue guionista de Norberto y Mara, y se encarga de amenizarles la vida, poniendo la música de sus recuerdos, de sus tiempos de éxito.
Todos ellos se desenvuelven y conviven con gran facilidad, como peces en el agua, capoteando el temporal que se les presenta, a veces lento, otras como una vorágine que los rebasa, pero sin lograr que pierdan el equilibrio.
Inevitable es señalar que el argumento no es del todo original e imposible evitar el recuerdo de aquella laureada película que hoy es ya un clásico: Sunset Boulevard (El ocaso de una vida, 1976), ganadora del Oscar ese mismo año, donde Gloria Swanson interpretó a una gran diva, tan sobreactuada y grandilocuente como el papel lo exigía, actuación que le valió el Oscar por Mejor Actriz; William Holden fue el protagonista masculino, logrando también una encomiable actuación. La cinta la dirigió Billy Wilder, nominado al Oscar.
La casona donde viven los cuatro protagonistas es propiedad de Mara y su marido, aunque a él se le ha ocultado mañosamente que es copropietario para que pueda ser ella quien haga y deshaga, ordene y ejecute. Tanto Norberto como Martín llegaron a vivir con ellos por azahares del destino.
Como toda vivienda de época, que remite a las décadas de los años 50, 60 y 70, guarda en su interior muebles antiguos, tapices, gobelinos, espejos, lámparas, objetos de arte, cuadros de autores famosos, esculturas de gran valor estimativo para la diva, pero también real.
Los cuatro viven “contentos”, tranquilos, gozando de los beneficios que ofrece el lugar. Sostienen todo tipo de diálogos: algunos irónicos, otros mordaces, la mayoría festivos y una gran cantidad críticos. Como dice la publicidad del filme, son cuatro personajes cínicos, tramposos, perversos, adorables.
Todo camina en paz y sin demasiados tropiezos hasta que un día llegan en un automóvil, al filo del atardecer, Bárbara y Francisco, pareja de jóvenes aduladores y mal intencionados que dicen haberse extraviado y piden les permitan usar el teléfono.

Amablemente los dejan entrar, aunque les advierten que hay mala señal, pero insisten y así, como la humedad, van entronizándose en la casona y en la vida de los cuatro protagonistas.
A los jóvenes les gusta el lugar, se sienten bien acogidos y, cada vez con mayor frecuencia, tratan de convencer a Mara de que venda la propiedad, alegando que así podría obtener un buen dinero y su esposo recobraría la movilidad, incluso podrían viajar. También les “sugieren” que les den a Norberto y a Martín una indemnización para que abandonen la casa.
Todo esto lo van tramando los dos jóvenes, cada uno por su lado, adulando a la diva, trabajando su voluntad para que acepte vender la casa, siendo ellos quienes realicen la operación.
No se vale seguir contando la historia, menos hablar del desenlace, baste decir que se trata de una buena película que regala una muy agradable función. Salimos con buen sabor de boca, pues acaba siendo un filme con un sabroso toque romántico.
Esta colaboración se publicó de manera impresa en septiembre de 2019, edición 184 del boletín informativo CineAdictos, de la Coordinación de Difusión Cultural de la FES Acatlán.

POR KAREN EDITH PONCE RAMÍREZ *
A lo largo de 80 años, Bruce Wayne se ha caracterizado por ser el presidente multimillonario de las Empresas Wayne; sin embargo, es más probable que lo reconozcamos por su otra identidad, sí, nos referimos a Batman, el superhéroe enmascarado que lucha contra el mundo de la mafia y del crimen organizado en Ciudad Gótica.
Este personaje fue creado por el dibujante Bob Kane (1995-1998) y el escritor Bill Finger (1914-1974), quienes trabajaban en National Allied Publications, ahora mejor conocido como DC Comics.
La primera aparición de Batman fue en la portada de Detective Comics #27 (1939), donde rápidamente se posicionó como el superhéroe más amado de todos los tiempos. Con la aceptación del público, comenzó a incursionar en las pantallas chica y grande, hasta considerarse como uno de los íconos de la cultura popular.

Con el paso de los años ha sufrido incontables transformaciones e interpretaciones tanto en lo narrativo como en lo psicológico, pero también en su indispensable traje.
Desde su creación en los comics, su vestimenta se caracteriza por tener la forma de un murciélago para atemorizar a sus enemigos con el miedo más profundo de Bruce Wayne. También la combinación de azul y gris predominan en su traje, al igual que una elipse amarilla con el emblema del murciélago.
A pesar de que sus elementos más significativos: una capa festonada, máscara con orejas en forma de murciélago, el emblema en su pecho y el cinturón multiusos han permanecido contantes en cada adaptación, no dejan de variar en su forma o color.
En Batman: The movie (Leslie Martinson, 1966), protagonizada por Adam West (1928-2017), se puede observar que el director prácticamente respeta los colores establecidos por sus creadores; no obstante, presenta una variación en su logo que queda prácticamente a la altura del estómago. Cabe destacar que esta versión serviría como referencia para las adaptaciones en la pantalla chica.
Para finales de los años 80 llegó la película Batman (Tim Burton, 1989), donde este personaje luce completa-mente diferente al que se conocía en televisión. El encargado de darle vida a este personaje fue Michael Keaton (1951- ), quien porta un traje completamente negro y moderno.
El logo vuelve a encontrarse en el pecho, destacando en el traje. El cinturón le da un toque más ochentero.
En la cinta Batman Forever (Joel Schumacher, 1995) protagonizada por Val Kilmer (1959- ) utilizaron dos trajes: el primero se denominó “Panther Suit”, el cual se centra en un diseño anatómico que marca los pectorales, músculos y pezones. El logo sigue en el pecho, pero la elipse amarilla ya no es tan llamativa. Otra característica notable de este traje es el botón ubicado en el cinturón multiusos, el cual activa una capa a prueba de fuego.
El segundo traje se llamó “Sonar Suit”: es negro platinado con un nuevo símbolo de murciélago. En esta vestimenta, Batman utiliza lentes que le permiten ver con más precisión en la oscuridad o en el deslumbramiento.
A finales de los años 90 se estrenó Batman & Robin (Joel Schumacher, 1997) considerada la peor película de la historia de este héroe. George Clooney (1961- ) fue el encargado de portar un traje totalmente diferente: negro con rebordes plateados en todo el cuerpo; el símbolo ocupa todo el pecho y no tiene cinturón.
Ocho años después se estrenó Batman Begins (Christopher Nolan, 2005), donde Christian Bale (1974- ) porta un traje más obscuro, realista y atormentado. El logo ya es negro; aparece de nuevo el cinturón multiusos, ahora color marrón, y la capa es más obscura que el resto del traje.
En las dos siguientes películas, Batman: The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008) y Batman: The Dark Knight Rises (Christopher Nolan, 2012), la vestimenta oscura es más funcional, ligera y con menos armadura, mientras que el símbolo casi desaparece en el traje al ser del mismo color.
Finalmente, en Batman vs. Superman: Dawn of the Justice (Zack Snyder, 2016), protagonizada por Ben Affleck (1976- ), vemos un traje gris con el símbolo gigante en el pecho y los guantes negros, además de que el cinturón es más oscuro, dejando de lado los colores llamativos.
* Karen Edith Ponce Ramírez es prestadora de Servicio Social en Promotoría Cultural.
Esta colaboración se publicó de manera impresa en mayo de 2019, edición 181 del boletín informativo CINEADICTOS, de la Coordinación de Difusión Cultural de la FES Acatlán.

POR LAURA PAOLA SUÁREZ LÓPEZ *
Descubrir un país y sus habitantes a través del cine es siempre una grata experiencia, sobre todo cuando tenemos la oportunidad de poder visualizar decenas de obras antiguas y a menudo raras.
M. Mcluhan
La industria cinematográfica canadiense representa un ejemplo muy particular al existir dos tipos de cine nacional: el francoparlante de Quebec y el angloparlante del resto del país.

Al cine de Canadá le ha costado consolidarse como industria nacional y ganar terreno internacional. La población de habla inglesa supera a la francesa por casi 77 por ciento y la audiencia angloparlante recibe influencia permanente por parte de las películas estadounidenses.
Para contrarrestar esta situación y fortalecer la riqueza y diversidad cultural de ese país, se han realizado diversos esfuerzos por parte del gobierno a través de Telefilm Canada, encargada de la división cultural correspondiente a los dos idiomas oficiales, ya que lejos de ser una barrera se ha convertido en todo un motor de crecimiento para la oferta narrativa dotada de diversidad temática.
De la misma manera en que destacan directores y actores quebequenses, lo hacen también iniciativas como el Estudio D, primer proyecto cinematográfico feminista del mundo, donde se da espacio para producir cine de mujeres para mujeres, tratando tópicos sociales retratados desde la óptica del mismo género.

De acuerdo con datos del “Annual Report 2017-2018” de Telefilm Canada, a partir de 2013 la cinematografía canadiense mantiene ganancias que van desde los tres hasta los 10 millones de dólares canadienses por película. Algunos de los títulos populares con más ventas durante el periodo señalado fueron The F Word (Michael Dowse, 2013) con el reconocido actor Daniel Radcliffe y Brooklyn: un nuevo hogar (John Crowley, 2015).
La misma Telefilm Canada reporta que en la última década la intención de incrementar la inversión en el cine nacional canadiense ha rendido frutos y las ganancias van en aumento. En el último año el ingreso taquillero incrementó un ocho por ciento, lo que se traduce en la entrada de 220 millones de dólares y por ello representa una industria competitiva en la escena internacional.
Gracias a los programas implementados por el gobierno, junto a organismos como Telefilm Canada, las cifras han aumentado exponencialmente, tanto en ganancias económicas como en inversiones para producir cine nacional, además de alianzas que resultan del interés de productoras estadounidenses.

A principios de la actual década, Telefilm Canada puso en marcha un plan integral para designar espacios donde se incluyan minorías talentosas y temáticas alternativas, como es el caso de los largometrajes The Breadwinner (Nora Twomey, 2017), nominada al Oscar por Mejor Película Animada y Meditation Park (Mina Shum, 2017), nominada por Mejor Interpretación Masculina en Canadian Screen Award.
Con alianzas de distribución, tanto en Quebec como en el resto de Canadá, Pinewood Toronto Records reporta tres mil 144 salas de exhibición en el país, lo que representa 10 salas por cada 100 mil habitantes. Las principales distribuidoras en ese país son Universal, Disney y Warner Bros.
El consumo de productos audiovisuales, a partir de 2016, se ha incrementado 24.3 por ciento, con respecto a años anteriores, lo que se traduce en ganancias por 8.4 billones de dólares canadienses de 2016 a 2017, aumento que no sólo se traduce en dinero sino en generación de al menos 171 mil 700 empleos de tiempo completo.

La industria cinematográfica de Canadá reporta 6 mil 600 empleados dedicados exclusivamente a la difusión. En 2017 se reportaron 105 producciones, mientras que en 2018 fueron 92, las ganancias incrementaron 16 por ciento para los filmes de habla inglesa y casi un 10 por ciento para las de habla francesa.
La forma de ver cine en Canadá se adaptó al fenómeno mundial de las plataformas de streaming, siendo la vía por donde se consumen más productos audiovisuales, seguida por la tradicional, mediante proyecciones en salas de cine.
El 60 por ciento de las producciones realizadas en Canadá corresponde al cine comercial, se distribuye en salas y plataformas de internet; el 30 por ciento es de carácter cultural, se destina a salas de arte, sobre todo a festivales nacionales e internacionales y el 10 por ciento restante es fondeado por organismos canadienses interesados en retratar temas de identidad nacional y documentales.
En mayo de 2018 se creó un programa para asegurar el acceso al contenido en que participa Telefilm Canada, con una distribución más ágil y efectiva para que los títulos lleguen a todos los exhibidores canadienses, se llama Theatrical Exhibition Program y se espera que coadyuve a posicionar mejor el cine de Canadá a nivel global.

Sin duda, se trata de una industria que apuesta por crecer y fortalece su identidad nacional, al abordar temas y problemas universales, así como incursionar en tópicos y formas de distribución alternativas a fin de captar más espectadores.
* Laura Paola Suárez López es prestadora de Servicio Social en Promotoría Cultural.