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Tras postergar su sueño por más de tres décadas para criar a sus tres hijos, la hoy estudiante de Sociología demuestra en la FES Acatlán que nunca es tarde para recomenzar.


Virginia Gabriela Dávila Piña camina por los pasillos del edificio A6 de la FES Acatlán con singular mezcla de asombro, alegría y profunda gratitud. Originaria del municipio de Jilotzingo, Estado de México, pasó más de tres décadas dedicada por completo al cuidado del hogar y a la formación de su familia y así poco a poco relegó aspiraciones propias profesionales al plano secundario.

Actualmente, la vida le da una segunda oportunidad y se convierte en una de las integrantes más inspiradoras de la nueva comunidad universitaria al ingresar a la licenciatura en Sociología.

Camino nada sencillo. Años atrás, tuvo que truncar los primeros estudios por diversos problemas personales y priorizar la crianza de tres hijos varones junto con su esposo. “Estudié un semestre de Odontología, pero la prioridad para mí y para mi esposo fue formar a los niños, porque yo sé que la familia es la estructura de la sociedad y la verdad, yo quería criar unos hijos de bien”, comparte con emotiva serenidad.

El objetivo se logró pues al paso del tiempo y tras el reciente fallecimiento de su compañero de vida, los tres varones decidieron impulsarla para que finalmente reclamar ese espacio que durante tanto tiempo quedó pendiente en su corazón. Carlos, Alan y Rodrigo Sánchez Dávila hicieron todo lo que ella hacía por ellos cuando eran niños, antes de ingresar a la escuela.

Los jóvenes asumieron el control de la logística, tramitaron los documentos necesarios, cubrieron los costos del examen de admisión y la acompañaron pacientemente durante largas jornadas de estudio vespertinas. “Nos organizamos por días, por materia y luego hacíamos simulacros; mi hijo, el más chico, me esperaba para estudiar, me decía: ‘mamá, ya vente, vamos a estudiar’, y dejaba de hacer mis cosas de la casa por irme a estudiar. Yo siento que valió la pena”, recuerda Virginia sobre aquel intenso período en el que repasó asignaturas tras 34 años de ausencia escolar. “No fue sencillo, yo había olvidado todo, pero mi hijo me tuvo mucha paciencia y estudiábamos de 5 a 8 aproximadamente, todos los días”, relata entusiasmada.

El esfuerzo colectivo rindió frutos y la noticia del ingreso a la Máxima Casa de Estudios devolvió la alegría al hogar. El primer día de clases, entre el frío y los nervios de enfrentarse a un entorno mayoritariamente juvenil, atravesó las puertas del campus acompañada por uno de sus hijos, quien registró el emotivo momento en video que rápidamente conmovió a miles de personas en redes sociales.

“Sentí mucha emoción y de ver mi sueño hecho realidad después de tantos años que me había postergado a mí misma; pero siento que había prioridades y ahora siento que valió la pena”, expresa al rememorar su llegada a la Facultad.

Traslado

Diariamente, Virginia invierte cuatro horas en transporte público desde Jilotzingo hasta Naucalpan para cumplir con sus clases. Lejos de verlo como alguna carga, asume el trayecto con la satisfacción de quien ejerce su libertad con madurez y tranquilidad.

“Ahora sí me siento libre porque no tengo ninguna preocupación de que he educado a mis hijos de una manera bien; ellos no tienen vicios, son hijos buenos y lo que quieren también es adquirir más conocimiento, y ahora que no está su papá, ellos son los que me apoyan”, reflexiona sobre esta nueva etapa de su vida personal y también académica.

Su elección por la carrera de Sociología responde a la curiosidad innata por comprender el comportamiento humano y la estructura de la sociedad, saber que busca adquirir con rigor académico y pensamiento científico. “Mi experiencia hasta ahorita ha sido muy padre porque mis compañeros, aunque son jovencitos que podrían ser mis hijos, me han aceptado muy bien; los profesores son excelentes, tienen mucha sabiduría y es lo que yo siempre había buscado”, comparte entusiasmada sobre la convivencia cotidiana en las aulas.

Con la mirada puesta en el presente y el anhelo claro de culminar la licenciatura y titularse, Virginia Dávila se ha transformado en un testimonio vivo de perseverancia y amor propio dentro de la FES Acatlán. Su travesía es el recordatorio de que los sueños no caducan, sino que aguardan el momento idóneo para florecer con mayor fuerza.

“Les quiero decir a todos los jóvenes que aprendan a ser pacientes, que todo llega a su debido tiempo y que le echen muchas ganas a sus carreras porque más adelante van a ver todo ese éxito y beneficio que tiene prepararse”, concluye como una lección de vida para la juventud universitaria.


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