• Virtudes y escollos en el estudio de la documentación del Tribunal del Santo Oficio
El poder vigilante de la Inquisición en la Nueva España no recaía en espías ni informantes como reza el imaginario popular, sino en las denuncias de una sociedad “tremendamente chismosa y acusona”, estableció Alfa Viridiana Lizcano Carmona en la conferencia Virtudes y escollos en el estudio de la documentación Inquisitorial.
La egresada de la licenciatura en Historia de la FES Acatlán destacó otra característica del Santo Oficio: carecía de jurisdicción sobre la población indígena. Los integrantes de los pueblos originarios estaban fuera de límites debido a que eran considerados “nuevos en la fe cristiana” y por lo tanto respondían al Tribunal del Arzobispado.
A diferencia de las cortes inquisitoriales, este juzgado no aplicaba tormento, ni embargaba bienes, sobre todo, no sentenciaba a muerte por delitos de fe. Esto motivó ocasionalmente a los acusados por la Inquisición a tratar de pasar por indígenas para escapar de la pena capital y aprovecharse de una sociedad “ya muy mimetizada” donde no era tan sencillo identificar la casta de un individuo según su apariencia física.
Una vez determinada la procedencia del reo daba comienzo el proceso en su contra, lo realizaban en secreto. Sin informar de qué se le acusaba ni quién lo había denunciado “hasta muy adelante en un momento llamado la Publicación de testigos”, indicó la doctora.
A pesar de los obstáculos en la lectura de los documentos debido al deterioro y las dificultades para obtener datos socioculturales a partir de la documentación institucional, la ponente continuó con el trabajo investigativo, lo que la llevó a conocer más sobre los casos inquisidores.
El más famoso del Archivo General de la Nación, apuntó, versa sobre una muñeca de trapo resguardada en una bóveda que un dominico llamado Francisco Xavier Palacios confesó haber utilizado para adorar al diablo.
Este joven de 18 años mantenía una relación con una mujer casada que le doblaba la edad llamada Josefa Sosa, por la cual quería abandonar sus votos religiosos.
Sin embargo, la mentalidad más ilustrada de los inquisidores de finales del siglo XVIII les llevó a desconfiar de las afirmaciones sobrenaturales del fraile. La conferencista dio vida a las palabras que el inquisidor dejó entintadas hace más de dos siglos: lo que Palacios hace con la muñeca “es recordar sus actos torpes, es decir, sexuales”.
Ante la confrontación de dos verdades, la de la institución y del denunciante contra la del reo, “no pueden tomarse totalmente como ciertas o literales estas declaraciones, hay que pensar en todo lo que las rodea”, aseveró la catedrática del Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey.
“Son historias que merecen ser contadas porque ahí la sociedad, las instituciones, se les fueron encima. Y sigue pasando. Creo que es muy importante que lo tengamos en cuenta”, afirmó en la conferencia que formó parte del Seminario Permanente de Paleografía y Diplomática, coordinado por Miguel Ángel Cerón Ruiz, docente de la Facultad.