De sacrificios, fantasmas y apariciones: el miedo en la cultura nahua I

La tipificación del indígena como monstruo en

“Andanzas de Gerónimo de Aguilar”

Julián Saldierna Rangel

En este trabajo estudiaremos el texto “Andanzas de Gerónimo de Aguilar”, relato escrito en octavas reales,[1] que se encuentra inserto en la obra Conquista y Nuevo Mundo de Francisco de Terrazas. Abordaremos la forma en cómo se representa al indígena y la función que dicha tipificación tiene. Para ello analizaremos los recursos literarios empleados por el poeta con el fin de alcanzar dichos fines.

            Francisco de Terrazas (c. 1521-1600?) fue afamado en su tiempo, hijo del conquistador del mismo nombre y uno de los primeros en poetizar las aventuras de la Conquista.[2] Su obra Conquista y Nuevo Mundo es un poema épico de finales del siglo XVI que trata sobre la conquista y la colonización de la Nueva España. De acuerdo con Alfonso Méndez Plancarte, es un “poema épico del que salvó Dorantes unos 20 fragmentos en su Sumaria relación de las cosas de la Nueva España (manuscrito de 1604, editado, México, 1902)”.[3]

Gerónimo de Aguilar cuenta cómo, después de un naufragio, se perdió en tierras extrañas y fue capturado por un cacique indígena llamado Canetabo. Este es descrito así: “la cara negra y colorada a vetas/ gruesísimo el xipate por extremo/ difícil peso para dos carretas/ debió ser su figura Polifemo/ los dientes y la boca, como grana,/ corriendo siempre della sangre humana”.[4] Francisco de Terrazas equipara a Canetabo con Polifemo para tipificarlo y de paso aludir a la “barbarie” practicada en tierras americanas.

Enseguida cuenta cómo Canetabo sacrificó a Juan de Valdivia:

Echólo en un tajón de piedra llano

con tosco pedernal en él golpea:

sacóle el corazón vivo del pecho

y ofrenda a los demonios dél ha hecho.[5]

Y por último cuenta cómo es descuartizado:

Del casi vivo pecho palpitando

la sangre Canetabo había bebido,

cuando su cuerpo vi descuartizando

y en pequeños pedazos repartido.[6]

Las imágenes del cuerpo destazado y el corazón palpitante de Juan de Valdivia resultan atractivas desde el punto de vista literario, es decir, no provocan asco ni repugnancia, pues no son la realidad, sino su imitación. Así lo dice Aristóteles:

y además todos disfrutan con la mimesis. Indicio es lo que ocurre en la realidad; pues vemos seres que ofrecen al natural un aspecto lamentable, mas nos gozamos en la contemplación de sus imágenes exactamente representadas, como es el caso de figuras de las bestias más despreciables y de cadáveres.[7]

Por tanto, es importante resaltar la forma en cómo a través de las palabras se busca conmover al escucha del relato para atemorizarlo. En este sentido el poema cumple una función estética. El narrador concluye el relato de Aguilar así:

Los ánimos de todos los oyentes

dejó de un miedo casi llenos;

los pelos erizados en las frentes;

los corazones muertos en los senos;

viendo que van a do se comen gentes,

adonde de piedad son tan ajenos,

do no valen palabras ni razones,

regalos, ni promesas ni otros dones.[8]

Sabemos que durante el siglo XVI muchos poetas españoles tuvieron en cuenta la preceptiva aristotélica para sus creaciones.[9] De acuerdo con la Poética de Aristóteles, la poesía es más valiosa que la historia porque habla, no de lo sucedido, sino de lo que debió suceder. Por tanto, la poesía no debe ser veraz, sino verosímil:

no es obra de un poeta el decir lo que ha sucedido, sino qué podía suceder, y lo que es posible según lo que es verosímil o necesario. Pues el  historiador y el poeta no difieren por decir las cosas en verso o no […]; sino que difieren en que uno dice lo que ha ocurrido y el otro que podría ocurrir. Y por eso la poesía es más filosófica y noble que la historia, pues la poesía dice más bien las cosas generales y la historia las particulares.[10]

En  este sentido, lo importante para Francisco de Terrazas no es referir los hechos tal como sucedieron, sino como debieron suceder. Recordemos que el poema se centra en una sola acción: la conquista del “Nuevo Mundo”. Por tanto, una de las funciones del poema es validar esta hazaña.

Así, las aventuras de Gerónimo de Aguilar hacen énfasis en la “barbarie”, que de acuerdo con Francisco de Terrazas, está representada a través del indio Canetabo. El poema emplea la descripción hiperbólica y con ello cumple con dos fines: conmover y persuadir. Pero ¿de qué se quiere persuadir? De que en las culturas nativas de América se practicaba la crueldad y por tanto fue válida la conquista y la colonización. Esta fue vista como una empresa que Dios dispuso para rescatar a las almas de los indígenas. Así lo refiere fray Bernardino de Sahagún:

hizo Dios nuestro Señor muchos milagros en la conquista de esta tierra, donde se abrió la puerta para que los predicadores del Santo Evangelio entrasen a predicar la fe católica a esta gene miserabilísima, que tanto tiempo atrás estuvieron sujetos a la servidumbre de tantos ritos idolátricos, y de tantos y tan grandes pecados en que estaban envueltos por los cuales se condenaban […] para que agora de esta tierra coja Dios nuestro Señor gran fruto de ánimas que se salva.[11]

En suma, “Andanzas de Gerónimo de Aguilar” tiene la función de conmover a los receptores del mensaje a través de recursos poéticos como la imitación (Canetabo es un Polifemo indígena) y la descripción hiperbólica para subrayar el carácter monstruoso del cacique.

[1] Estrofa de ocho versos endecasílabos, los seis primeros con rima alterna y los últimos dos forman un pareado.

[2] El autor es, a decir de Marcelino Menéndez y Pelayo, “el más antiguo poeta mexicano de nombre conocido”. Citado por Alfonso Méndez Plancarte, “Introducción” en Poetas novohispanos. Primer siglo (1521-1621), 2ª edición, México, UNAM, 1991, p. XXX y XXXI. (Toda la información que se cita en esta nota provienen de esta fuente). Muchos autores lo mencionan en sus obras, como sucede con Miguel de Cervantes, citado por ibid., p. XXXIII,  que en su Galatea dice:

Francisco, el uno, de Terrazas tiene

el nombre acá y allá tan conocido

cuya vena caudal nuevo Hipocrene

ha dado al patrio venturoso nido

Por su parte, Méndez Plancarte, en la obra antes mencionada, dice que Francisco de Terrazas “gloria es, además, de presidir el vasto ciclo cortesiano” El poeta Alonso Pérez le dedica un epitafio en donde lo recuerda como creador de las aventuras de Cortés: “Cortés en sus maravillas/ con su valor sin segundo,/ Terrazas en escribillas/ y en propio lugar subillas,/ son dos extremos del mundo”.

[3] Citado por op. cit., p. XXXII

[4] Poetas novohispanos. Primer siglo (1521-1621), 2ª edición, compilación, estudio preliminar y notas de Alfonso Plancarte Méndez, México, UNAM, 1991,p. 33.

[5] Ibid., p. 34.

[6] Ibid., p. 35.

[7] Aristóteles, “La poética” en Aníbal González Pérez (ed.), Poéticas, 2ª edición, Madrid, Editora nacional, 1984, p. 64.

[8] Poetas novohispanos…, op. cit., p. 38

[9] Si bien es cierto que la primera traducción al español de la Poética apareció en Madrid, en 1626, los comentarios al texto de Aristóteles ya se hacían desde un siglo antes. Como dice Carmen Bobes “en 1508 se hace […] la primera edición impresa […] a partir de la cual la Poética se comenta, se discute y se impone como obra básica en el pensamiento literario europeo.” Carmen Bobes, et al., Historia de la teoría literaria I. La antigüedad grecolatina, Madrid, Gredos, 2003,p. 87.

[10] Aristóteles, “La poética”, op. cit., p. 75.

[11] Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, 5ª edición,  apéndices y notas de Ángel María Garibay K., México, Porrúa, 2005, p. 18.

Seminario permanente Crónicas y fuentes de origen indígena del siglo XVI novohispano

Obras consultadas

Aristóteles, Poéticas, Aníbal González Pérez (ed.), 2ª edición, Madrid, Editora nacional, 1984.

Bobes, Carmen, et al., Historia de la teoría literaria I. La antigüedad grecolatina, Madrid, Gredos, 2003.

Sahagún, fray Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España, 5ª edición, apéndices y notas de Ángel María Garibay K., México, Porrúa, 2005. 

Poetas novohispanos. Primer siglo (1521-1621), 2ª edición, introducción y notas de Alfonso Méndez Plancarte, México, UNAM-Coordinación de Humanidades, 1991.

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