Comidas rituales en el mundo nahua II

La comida como vínculo entre el hombre y las divinidades

“He hablado del filósofo en su calidad de restaurateur. […] Opinaba que las facultades intelectuales estaban íntimamente vinculadas con la capacidad estomacal.”

Edgar Allan Poe, “Bon-Bon”

Comida. Es un tema que me parece por demás interesante, no sólo por el hecho de degustarla, sino también por prepararla, como cualquiera que tenga ese mismo placer por los sentidos que explotan al momento de crear un platillo. El ser humano es uno de los pocos animales que traspone el lujo a la necesidad, pues juega con los materiales que tiene a su alcance para lograr variedades que intensifiquen o mezclen sabores.[1]

            La comida es uno de los elementos más importantes de cualquier sociedad, pues gracias a ella pueden conocerse aspectos interesantes de la cultura que la engloba: creencias, costumbres, festividades, etc. Ésta constituye así un pilar importante para formar su identidad. Ahora bien, como parte inherente del hombre, la necesidad fisiológica de alimentarse también se conjuga con necesidades psicológicas, puesto que a los víveres se les han atribuido diversas características y significaciones a través de la historia,  quizá la más importante de ellas es que la comida genera afinidad con otros integrantes de la comunidad.

            De tal forma, para trabajar el siguiente texto, atendemos a la clasificación de Alfredo López Austin sobre… [2]

         Rito. Práctica fuertemente pautada que se dirige a la sobrenaturaleza. Es una ceremonia compuesta casi siempre por elementos rituales heterogéneos que están encaminados a un fin precioso, lo que da a la ceremonia unidad, coherencia y generalmente, una secuencia ininterrumpida.

         Acto ritual. Hecho significante, unitario, que constituye un elemento ceremonial de un rito.

         Ritual. Conjunto de ritos pertenecientes a una religión, a una comunidad religiosa o destinados a un fin común.

De tal forma, entendemos a la comida ritual como el hecho de preparar ciertos platillos o disponer algunos alimentos para ocasiones especiales, que siguen ciertas estipulaciones y que cumplen una función específica relacionada con  costumbres, ritos o creencias.[3] Estas comidas, pues, crean una comunión entre los participantes y generan un estado de empatía.

            Posiblemente el ejemplo que nos resulte más claro dentro de la sociedad actual, es el instante de la eucaristía, el sacramento que sucede durante la transubstanciación, es decir, cuando la hostia y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la misa católica. Este rito, por todos conocido, es la trasposición del pasaje bíblico, cuando Jesús convida a sus discípulos durante la última cena, antes de ser apresado por orden de Pilatos.

F1E2comRit

La última cena,  Juan de Juanes, 1562. Tomado  de https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-ultima-cena/2800c04d-a3ad-41eb-a75b-fe359d7d1dde?searchid=905b2b7a-777a-2759-b909-a6612558bcbc

Durante la comunión se recrea el pasaje religioso cuando Jesús invita a sus discípulos a tomar el pan y el vino, él mismo instaura el rito que sobrevive hasta hoy: “esto harán en conmemoración mía”.

            Así, la comida también está entremezclada con la religión, pues los dioses, como figuras basadas en el hombre, tienen necesidades que han de ser atendidas por sus hijos; como nosotros, algunas entidades divinas han de nacer, crecer, alimentarse e incluso morir. Este es el caso del astro rey: según los antiguos mexicas el Sol era una entidad viva que día con día nacía y moría, emergía del horizonte para recorrer el cielo y procurar al hombre con su calor y fuerza, pero conforme se iba ocultando perdía vigor hasta sumergirse en el inframundo; ahí debía librar una batalla contra las entidades que habitaban este espacio para renacer al día siguiente y realizar su tarea diaria. Para asegurar que el Sol volviese a salir cada día, el hombre tenía que alimentarlo con la sangre del sacrificio: “Que se hiciese un sol para que alumbrase la tierra, y éste comiese corazones y bebiese sangre, y para ello hiciesen la guerra, de donde pudiesen haberse corazones y sangres”.[4]

            Otro ejemplo de lo anterior es la visión que tenían los nahuas sobre la tierra (y que hasta la fecha perdura). Ésta necesitaba también del sustento que la mano del hombre proporciona. Nos dice el mito de la separación del cielo y el mar que, cuando los dioses rompen a Cipactli para crear la tierra “esta diosa lloraba a veces por las noches deseando comer corazones de hombres, y no se quería callar hasta que se le daban, ni quería producir fruto si no era regada con sangre de hombres”.[5]

F2E2ComRit

Durante la celebración de la fiesta del pueblo, antes de que todos los invitados coman, se dispone ante la imagen una serie de platillos que se retiran después de cierto tiempo.

Imagen de San Salvador Atenco, Edo. de México, fotografía de colección personal.

            Esta reciprocidad de pago/beneficio la podemos apreciar en muchas de las fiestas de los pueblos o comunidades indígenas hoy en día. Durante la celebración de la fiesta al Santo Patrono se hace una gran comida donde todos están invitados, se acostumbra que las personas más grandes de la familia, antes de consumir los alimentos, “den de comer al Santo”, colocando frente a su imagen diversos platillos que ha de degustar y que son preparados de manera especial (sin sal, sin manteca o con ceniza). Transcurrido un tiempo se cree que el Santo ha comido y las viandas se retiran, es finalmente cuando el resto de la familia puede comenzar a comer.

            López Austin apunta que en una región occidental del estado de Morelos, los habitantes del pueblo de Xoxocotla hacen una peregrinación para ver al Dueño del monte:

         Creen que en el interior del cerro que aloja la cueva habita un personaje sobrenatural y poderoso que distribuye las lluvias entre los pueblos circunvecinos. Durante una compleja ceremonia, tres hombres consagrados a su culto pueden penetrar a la cueva para orar largamente en la que se supone es una conversación directa con el personaje sobrenatural […]. Se dice que el dueño sobrenatural del cerro tiene una multitud de servidores -los “aires”-, a quienes los fieles llevan como ofrendas tamales hechos solamente de masa de maíz y agua. Los fieles dan a estas viandas el nombre de atamalli, “tamales de agua”. Son iguales a los tamales que ofrecían los antiguos mexicas a los dioses de la lluvia en la fiesta atamalcualiztli. Su nombre no ha variado en siglos.[6]

            Es un hecho que las ofrendas de alimentos, como los tamales de ceniza, los tamales sin sal, el amaranto, el maíz, el pulque, etc., no eran las únicas realizadas por la gente, pues las fuentes históricas y la etnografía nos señalan que las entidades sobrenaturales podían alimentarse no sólo de comida sino también de sangre, aromas como el incienso o el tabaco, ofrendas votivas (tales como los rezos, cantos, oraciones, etc.),[7] e incluso del trabajo.[8]

            Los seres humanos, al tener una deuda con los dioses, debían dedicar su vida al trabajo de acuerdo con “las circunstancias socioeconómicas que lo condicionaban: como jefe o hijo de familia, alumno, agricultor, pescador, cazador, artesano, mercader, médico, guerrero, sacerdote, gobernante, etcétera”;[9] por su parte, los dioses tenían “su propia forma de merecer” (tlamacehualiztli’[10]), pues las deidades también deben de dar su pago por el alimento que reciben. Así, las entidades sobrenaturales debían de ser alimentadas por los hombres para recuperar el vigor que perdían con sus diversas tareas diarias; tanto hombres como dioses trabajaban en conjunto para mantener en orden el universo.

            López Austin menciona que el trabajo era algo inseparable del hombre mesoamericano, pues se estipuló desde un inicio, cuando los primeros pobladores fueron creados y, con ellos, las diversas tareas a las cuales deberían encomendarse: “mandáronles que labrasen la tierra, y que ella hilase y tejiese, y que de ellos nacerían los macehuales, y que no holgasen sino que siempre trabajasen”.[11] Apunta que a diferencia de la tradición cristiana, donde el trabajo no es necesario y es visto como un castigo y la muerte libera de éste, para los antiguos mesoamericanos el hombre seguiría trabajando una vez muerto, cualquiera fuese el destino de su ánima, porque el trabajo era algo inherente a él.[12]

            Para finalizar, me referiré a cuatro casos donde se puede apreciar claramente el objetivo que quiero demostrar con esta entrada: la comida ritual es un punto de comunión entre los participantes, donde se homologan sus situaciones,  así sean de diferentes estratos o pertenezcan a otro ámbito social. Los tres primeros se refieren a la cultura mexica, el cuarto y último caso a un hecho que podemos apreciar hasta nuestros días:

  1. I) Con los antiguos nahuas, cuando un bebé nacía, se hacía una fiesta donde se realizaba el “bautizo” del pequeño, y

         juntábanse los convidados en la casa del que hacía el bateo [“bautizo”],  venían los servidores de la comida, y traían comida […] una orden de chiquihuites, con diversas maneras de pan, y […] otros tantos cajetes con diversas maneras de cazuela, con carne o pescado; y antes que comenzasen a comer los convidados la comida que les habían puesto, tomaban un bocado de la comida y arrojábanle al suelo a honra del dios Tlatecutli, y luego comenzaban a comer; […] después de haber ellos bien bebido y comido estábanse en sus asientos un ratillo reposando”.[13]

  1. II) En la fiesta de huey tozoztli, se celebraba a Cinteotl y Chicomecoatl, dioses del maíz y los mantenimientos: éstos daban sus benevolencias a los hombres, permitiéndoles que el maíz creciera para alimentarse; en reciprocidad, sus hijos le retribuían con alimento.

F3E2ComRit

Celebración de una comida. Códice florentino, Lib. III, fol. 7r.

Al cuarto mes llamaban uey tozoztli. En este mes hacían fiesta al dios de las mieses llamado Cintéotl, y a la diosa de los mantenimientos llamada Chicomecóatl. […] iban todos por los maizales y por los campos y traían cañas de maíz y otras yerbas que llamaban mecóatl, con estas yerbas enramaban al dios de las mieses cuya imagen cada uno tenía en su casa, y componíanla con papeles y ponían delante de esta imagen cinco chiquihuites con sus tortillas, y encima de cada chiquihuitl una rana asada, de cierta manera guisada, y también ponían delante de esta imagen un chiquihuitl de harina de chía que ellos llamaban pinolli; otro chiquihuitl con maíz tostado, revuelto con frijoles.[14]

III) En la fiesta de panquetzaliztli se hacía una figura de amaranto y semillas que representaba a Huitzilopochtli; una vez “sacrificada”, se repartía entre Tenochtitlan y Tlatelolco, donde los convidados “comulgaban” con los pedazos de la figura, la comían y era como recibir al dios.

         Tomaban semillas de bledos y las limpiaban muy bien, quitando las pajas y apartando otras semillas que se llamaban petzícatl y tezcahuauhtli, y las molían delicadamente, y después de haberlas molido, estando la harina muy sutil, amasábanla de que se hacía el cuerpo de Huitzilopochtli. […] luego deshacían y desbarataban el cuerpo de Huitzilopochtli, […] y así de esta manera repartían entre ellos los cuatro pedazos de cuerpo de Huitzilopochtli, a los indios de los barrios y a los ministros de los ídolos que se llamaban calpules […]. Cada uno comía un pedacito del cuerpo de Huitzilopochtli, y los que comían eran mancebos.[15]

  1. IV) Finalmente. En la Biblia se conoce al sacrificio como “comida [pan] de Dios”.[16] Es Yavhé quien estipula que día con día se le recuerde antes de los alimentos, pues es por su favor que las viandas se disponen sobre la mesa. Así entendemos la costumbre que tiene mucha gente de “dar las gracias” momentos antes de comer:

         Tengan cuidado de no ofrecer holocausto en cualquier lugar, sólo en el lugar elegido por Yavhé […]. No obstante podrás sacrificar y comer carne en todas tus ciudades, siempre que lo desees y que no te falte el favor de Yavhé; pero esta será carne de lo que todos podrán comer […]. Solamente lo comerás delante de Yavhé, en el lugar que Yavhé haya elegido, y contigo, tus hijos, tus siervos y siervas; estarás de fiesta delante de Yavhé, tu Dios.[17]

El ser humano está en constante comunicación con las entidades divinas. La reciprocidad entre los dioses y los hombres radica en el hecho de que los primeros dan sus favores a cambio del alimento y la rememoración de sus nombres. Los segundos, con base en su esfuerzo, colocan en el altar el resultado de su trabajo y abnegación; es una ofrenda que no sólo alimenta, sino que fortalece el lazo de comunicación entre ambos.

            Sólo resta decir que realizar investigaciones sobre la comida hace que a uno se le abra el apetito. Recordemos que en el México prehispánico, los hombres de maíz elaboraron muy diversos tipos de guisos con este maravilloso y versátil ingrediente. Así, el autor de estas líneas se ha puesto el babero y la cocina espera, no sin antes poner ante el amable lector esta deliciosa receta que es ideal para quitar el frío, ya que mezcla el picante con la consistencia de una bebida por demás conocida en nuestro hermoso país…. la mesa está servida.

Efren Fonseca Sánchez

Seminario permanente Crónicas y fuentes de origen indígena del S-XVI novohispano.

Receta. Chileatole[18]

F34E2ComRit

Caldo de pollo – 2 lts

Elote desgranado – 1/2 kg

Masa de harina – 300 grs

Tomate 1/2 kg

Chile serrano – 3 pzs

Cebolla 1/2 pieza

Ajo 1 diente

Epazote 1 ramita

Primero se separará 11/2 lt de caldo de pollo. Se apartará el otro medio litro. Cocer el tomate, la cebolla, el ajo y el chile en el litro y medio de caldo de pollo, cuando éstos estén en su punto colarlos para separar el caldo.

            Moler los ingredientes cocidos con 1/4 lt de caldo frío, agregar también unas hojas de epazote para que el sabor de esta hierba se impregne aún más.

            En una cacerola alta sofreír el elote con un poco de mantequilla y aceite, una vez dorado se le agregará el litro y medio de caldo de pollo donde se coció el tomate. A continuación, incorporar el tomate molido y mezclar perfectamente. Hervir.

            Aparte, disolver la masa de harina en el resto de caldo frío, hasta que no queden grumos y se logre una mezcla homogénea. Una vez logrado este efecto se incorporará la masa disuelta al caldo que está en el fuego. El fuego se disminuye a lo mínimo y se agregan las hojas de epazote.

            En este punto la paciencia debe estar presente, pues el chileatole se debe de mezclar de manera constante para evitar que la masa se vaya al fondo de la cacerola y se queme. La masa espesará el líquido y se debe estar moviendo durante 8-10 minutos. Probar constantemente para verificar que la  masa esté cocida.

            Sazonar al gusto. El platillo está listo para servirse y degustarse caliente.

* Si el chileatole espesa demasiado bastará con agregar un poco más de caldo de pollo.

 

[1] En la naturaleza se tiene conocimiento sobre algunos grandes primates, como por ejemplo los gorilas, que usan delgados palitos de madera para sacar hormigas u otros animalillos de la corteza o huecos de los árboles y los mezclan después con sábila o miel. Comunicación personal con Roberto Rojo, biólogo de la UNAM, noviembre 2015.

[2] Alfredo López Austin, “Los ritos. Un juego de definiciones” en Arqueología mexicana, Editorial Raíces-INAH noviembre-diciembre, vol. 6,  1998, p. 15. Las cursivas son mías.

[3] Aunque suene alejado de nuestros días, mucha gente realiza ciertas comidas rituales todavía, un ejemplo de ellas es la comida de Navidad, así como los cumpleaños, las relacionadas con las bodas, o algún otro evento importante que la comunidad o la familia considere de gran trascendencia y que se repita constantemente, de esta manera se genera una costumbre.

[4] “Historia de los mexicanos por sus pinturas”, en Rafael Tena (trad.) Mitos e historias de los antiguos nahuas, México, Conaculta, 2011, p. 39.

[5]Histoire du Mechique”, en Rafael Tena (trad.) Mitos e historias…, op. cit., p. 153.

[6] Alfredo López Austin y Leonardo López Luján, Monte Sagrado-Templo Mayor: el cerro y la pirámide en la tradición religiosa mesoamericana, México, INAH-UNAM, 2011, p. 15.

[7] En el Popol Vuh los animales no pudieron alabar a los dioses creadores pues no tenían la capacidad de hablar y por ello fueron condenados a que “sus carnes fueran trituradas”. El Popol Vuh, México, Editorial Tomo, 2005, p. 16-17.

[8] De acuerdo con la materia ofrendada, estos dones podían llamarse “sacrificio de alimentos” (harina, aceite, o las primeras cosechas de los cultivos); “oblación de bebidas” (libación -arrojar o derramar en el altar o la tierra algún líquido-); “quema de incienso” (alimento aromático, incienso, tabaco, papel); holocausto/sacrificio (inmolación de algún animal y/o persona) y regalos o donaciones (el diezmo).  David Noel Freedman (ed.), The anchor Bible Dictionary, Nueva York, Doubleday, 1922, p. 6.

[9] Rafael Tena, La religión mexica, México, Conaculta-INAH, 2012, p.  55.

[10] Ibid, p.  53.

[11]“Historia de los mexicanos por sus pinturas” en Rafael Tena (trad), Mitos e historias…, op. cit.,  p. 29.

[12] Alfredo López Austin, El conejo en la cara de la luna. Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana, México, Ediciones Era-INAH, 2012, p. 132.

[13] Aquí podemos constata que antes de que los convidados “terrenos” comiencen a comer, se le ofrenda a las entidades sobrenaturales el primer bocado. Fray Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de Nueva España, México, Porrúa, 2013, (col. “Sepan cuantos…”, 300), p. 243.

[14] Ibid., 102.

[15] Ibid., p. 187.

[16] Serafín de Ausejo R. P., Diccionario de la Biblia, España, Herder, 1963, p. 1753.

[17] Dt 12:13-18.

[18] Gracias a Paola A. Sosa Salazar por haberme dado la receta y los consejos sobre cómo prepararla.

Obras consultadas

 

– __________, El Popol Vuh’, México, Editorial Tomo, 2005.

– __________, La Biblia, España, Editorial Verbo Divino, 1989.

–  AUSEJO, R. P. Serafín de, Diccionario de la Biblia, España, Herder, 1963.

– DELEMEAU, Jean, (dir.), et al., El hecho religioso, una enciclopedia de las religiones hoy, México, Siglo Veintiuno Editores, 2007.

– FREEDMAN, David Noel, (ed.), et al., The anchor Bible Dictionary, Nueva York, Doubleday, 1922.

– LÓPEZ Austin, Alfredo y Leonardo López Luján, Monte Sagrado-Templo Mayor: el cerro y la pirámide en la tradición religiosa mesoamericana, México, INAH-UNAM, 2011.

– LÓPEZ Austin, Alfredo, El conejo en la cara de la luna. Ensayos sobre mitología de la tradición mesoamericana, México, Ediciones Era-INAH, 2012.

– __________, “Los ritos. Un juego de definiciones” en Arqueología mexicana, Editorial Raíces-INAH, noviembre-diciembre, vol. 6, 1998.

– SAHAGÚN, fray Bernardino de, Historia general de las cosas de Nueva España, México, Porrúa (col. “Sepan cuantos…”, 300), 2013.

– TENA, Rafael, (trad.), Mitos e historias de los antiguos nahuas, México, Conaculta, 2011.

– __________, La religión mexica, México, Conaculta-INAH, 2012.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *